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lunes, 28 de febrero de 2011

En manos de los dioses


El ascensor que lleva al ¨búnker¨ donde se encuentran los aparatos de radioterapia en el hospital Daniel den Hoed (Rotterdam)

Desde hace dos semanas he empezado con la radioterapia. Es la tercera parte del tratamiento contra el cáncer de mama en el que estoy metida desde julio del 2010. Con la operación extirpan el tumor, con la quimioterapia arrasan todas las células de crecimiento rápido en el cuerpo y con la radioterapia atacan localmente las células más recalcitrantes que pueden haberse atrincherado en los tejidos que se forman después de la operación.

A estas alturas, cuando ya llevo ocho meses de terapia, admito que mi vida gira alrededor del cáncer. Aunque mentalmente yo quiera olvidarlo es imposible. Por qué. Pues porque cada nueva terapia exige, primero una época de adaptación, y segundo porque la frecuencia de visitas al hospital va aumentando con cada nuevo tratamiento.

La pirmera quimioterapia que duró tres meses era una vez cada tres semanas, la segunda era una vez cada semana. La radioterapia es cada día. En mi encarnación anterior, cuando me creía sana, había conseguido con éxito, evitar al máximo los hospitales. No ahora. La semana pasada batí mi propio récord: cada día de la semana tuve visitas a dos hospitales distintos. La razón es que el tratamiento contra el cáncer es un acto coral, médicamente hablando. Todo un ejército de especialistas, personal sanitario, y paramédico me está atendiendo: oncólogo, radiólogo, piscólogo, cirujano, fisioterapeuta, enfermeras de oncología y ténicos radiólogos. Más el patólogo que hace sus análisis en la sombra.

La consecuencia de estas asiduas visitas es el constante contacto con la enfermedad, no solo propia, sino de los demás pacientes en diferentes estadios de cáncer. De ahí que resulte condenadamente difícil pensar en otra cosa.
A esto se une que el horario de aplicación de la radioterapia es distinto cada día con la consecuencia de que el resto del día queda drapeado alrededor de la visita diaría a los dioses del Olimpo.

Palas Atenea, según la apolínea interpretación de Gustav Klimt

Porque en el hospital Daniel den Hoed, donde me dan las radiaciones, cada aparato de radioterapia tiene el nombre de un dios griego. A mí me ha tocado Palas Atenea. La diosa de la guerra y la sabiduría. Es una suerte porque en este momento necesito todo la belicosidad de Palas Atenea y su sabiduría para usarla de la mejor forma.

Apolo poniendo música a la vida

Esta semana están haciendo mantenimiento de Palas, así que me tengo que poner en manos del aparato Apolo. También un giro afortunado porque Apolo, como dios de las artes me puede echar una mano dándome la creatividad necesaria para llevar este trayecto terapéutico tan largo. Aquí no termina mi suerte: Apolo es también el dios de la curación, según algunas interpretaciones que he decidido dar por buenas porque me interesa en este momento tener enchufe entre los dioses del Olimpo. No voy a hacer remilgos a tener buenas influencias en este momento de mi vida.

Y aparte de Neptuno, Hermes e Icaro, también buenos enchufes, los otros aparatos se llaman Cygnus, Callisto, Iris, Arcas y Dione, claramente dioses menores que no me pueden ayudar tanto como los influyentes Palas y Apolo.

martes, 15 de febrero de 2011

La vocación parisina de Barcelona



He vuelto a estar en Barcelona y he pasado de nuevo por las esquinas y los callejones conocidos y por lo tanto desconocidos. El hecho de vivir en otra ciudad me ayuda a mirar mejor y a fijarme en el entorno que por tan familiar ya no veía. Como esta fachada en la esquina Diagonal-Séneca. ¿Quién ha dicho que los barceloneses no quieren ser franceses?