Eugenia Codina Desde mi ventana
jueves, 4 de septiembre de 2008
miércoles, 3 de septiembre de 2008
El verbo al final

Edificio de las Naciones Unidas en Nueva York
Esta mañana, una amable colega estaba repasando un correoso informe que yo había escrito. Según ella, había una oración demasiado larga con el verbo al final. Me ha dicho: -Cuando llegas al final ya no te acuerdas de qué iba la frase-.
Me ha sorprendido porque la sintaxis es una de las cosas que me ha costado más de aprender del holandés y de las que, tras años de esfuerzo, estoy orgullosa de haber llegado a dominar. Me costó mucho esfuerzo aprender que el holandés, al igual que las otras lenguas germánicas pone el verbo al final cuando se trata de una frase subordinada. Para evitar confusiones intento no alargar las frases, de ahí que me sorprendiera el comentario de mi colega.
Me ha recordado a un señor epañol que conocí hace muchos años que mantenía la teoría de que los holandeses escuchaban en las conversaciones porque tenían que eperar a que el interlocutor dijera el verbo para entender exactamente de qué hablabla y, solo entonces, podían contestar. Este caballero se impacientaba por la parsimonia holandesa ya que él, como buen mediterráneo, prefería entrar lo antes posible en la conversación y mejor si era simultáneamente con el interlocutor.
La, aparentemente, inocente sintaxis germánica puede llevar a problemas más graves que a la descomunicación intercultural. En el juicio de Nuremberg, cuando Goering soltaba largas parrafadas que leía de folios escritos previamente, el intérprete tenía que esperar a oír el verbo para poder traducir, lo cual provocó alguna vez al impaciencia y la desconfianza de Jackson, el fiscal americano, que le estaba interrogando. Goering estuvo diez días declarando. Mi simpatía va al pobre intérprete que tuvo que realizar tal hazaña como pionero.

Intérpretes trabajando durante el juicio de Nuremberg
Porque pioneros fueron estos intérpretes. El juicio de Nuremberg fue innovador en varias cosas, no solo por juzgar por primera vez criminales de guerra. También fue la primera vez que se usó la traducción simultánea. Hasta Nuremberg solo se practicaba la traducción consecutiva. El hablante hablaba cinco minutos, paraba y entonces se traducía el párrafo durante otros cinco minutos. El resultado final es que se necesita el doble de tiempo. En la traducción simultánea, las cuatro lenguas del tribunal (francés, inglés, ruso y alemán) se oían constantemente por los auriculares.

Traductores usando tecnología de IBM durante el juicio. Gentileza de www.ushmm.org
IBM puso esta tecnología a disposición del tribunal sin cargo alguno , combinando así el patriotismo con la fina nariz comercial americana. Gracias al éxito de la interpretación simultánea en Nuremberg, las Naciones Unidas al iniciar su periplo, le encargaron a IBM la instalación del magno sistema de interpretación de la organización. Un buen pedido.
Y todo esto desencadenado por un simple verbo.
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martes, 2 de septiembre de 2008
Sirenas

Ayer volvieron a sonar las sirenas a las doce del mediodía como cada lunes primero de mes.
Cuando llegué a Holanda, a principios de los ochenta, las sirenas de alarma me dieron un buen susto: extrañamente no vi a gente corriendo por la calle presa del pánico, ni bolas de fuego arrasando el tranquilo Dordrecht, la ciudad donde yo vivía entonces. Después descubrí que se trataba de un test rutinario del ministerio del interior con el que se comprueba que funcionan las sirenas en todos los ayuntamientos del país.
La costumbre se remonta a después de la guerra. Los holandeses son precavidos y después de la experiencia de la segunda guerra mundial organizaron una red de alarmas en todo el país. Hasta los años noventa las sirenas estaban destinadas a avisar a la población por si bombardeaban los rusos, aunque para muchos holandeses de cierta edad, el verdadero enemigo seguía siendo Alemania. A partir del 2000 las sirenas tienen que avisar a tiempo de cualquier desastre, tipo aviones que caen del cielo, gases envenenados, inundaciones y otros desastares naturales, provocados o no, por ataques terroristas. La cara de la amenaza ha cambiado pero no la amenaza como tal.
Ayer cuando oí la sirena, la oí de nuevo después de veinte años. -Es verdad, aún probamos las sirenas,- pensé. Y, paradójicamente, al oírla me sentí segura porque las estaban probando pero también me recordaron que el sentido de seguridad en el que vivo es fragil e ilusorio.
Como decían los cínicos holandeses ya hace años: ¨Si los rusos son inteligentes nos bombardearán un lunes primero de mes a las doce de la mañana¨.
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lunes, 1 de septiembre de 2008
¡Hagan sitio!

El domingo pasado apareció una larga entrevista en El País con George Steiner.
Steiner, de familia judía persequida durante el nazismo, ha desarrollado su carrera en Estados Unidos y en Europa recordándonos así lo que era el transnacionalismo europeo (es decir, judío) antes de que Europa se volviera loca. Steiner habla y escribe en cuatro idiomas y es un erudito en varios campos, desde la filosofía hasta la crítica literaria.
En la entrevista con Juan Cruz, Steiner lanza un par de provocadoras ideas de esas que te pueden ir rondando durante horas por la cabeza como una mosca que busca una ventana. La idea más inquietante que lanza en la entrevista es su sombrio pronóstico sobre, lo que él llama, la próxima revolución y-o guerra civil.
P: ¿Y la otra revolución?
R: Está por llegar, me da mucho miedo y francamente prefiero no estar vivo. Podremos vivir una media de 120 años. Muy pronto podrán rejuvenecer células. Seremos reemplazables, como el motor de un coche. Hoy, ser un investigador de biogenética es estar subido a una escalera mecánica que va cada vez más rápida. ¿Qué pasará cuando los jóvenes tengan que cuidar y alimentar a tanta gente mayor? La próxima guerra civil puede ser ésta.
P: Parece el tema de una novela de Saramago.
R: De una novela, y de una pesadilla. Los jóvenes de hoy tienen que pagar impuestos, residencias de ancianos, la comida, la casa. Hay cada vez más ancianos. Creo firmemente en el derecho a la eutanasia. Es un horror envejecer sin dignidad. Antes, las familias más o menos se podían hacer cargo de sus ancianos. Pero ya no pueden. Quizá la próxima crisis sea generacional.
P: ¿No la hay ya?
R: No, estamos conteniéndola, hoy los jóvenes no andan por ahí asesinando a los viejos. En ciertas culturas esquimales lo hacen. Cuando llega el invierno, los jóvenes obligan a los mayores a salir de la casa o del iglú, a morir, para que puedan sobrevivir los jóvenes.
Soylent Green. Ahí está. Es lo que me recordó Steiner. Soylent Green (1973), en España titulada Cuando el destino nos alcance, basada en una novela con el alarmante título: ¡Hagan sitio!. Una película oscura que esbozaba un futuro desolador. La sobrepoblación del planeta había acabado con el equilibrio ecológico y, en la escena que más pesadillas provoca de la película, el protagonista descubre que las galletas Soylent Green son, en realidad, restos humanos reciclados.
Truculenta como es la idea de las galletas verdes, no fue esta escena la que me quitó el sueño durante mi adolescencia. Lo realmente angustioso es que, por ley, al llegar a la vejez uno no tiene más derecho a vivir. Al cumplir cierta edad, cada ciudadano recibe una muerte orquestada según su gusto y preferencias.
Leyendo a Steiner volvió a mi memoria la escena de la muerte inducida de Sol Roth. Como ya no existe naturaleza en la tierra ni animales salvajes, esto es lo que él pide ver como telón de fondo a su muerte.
Ya en mi adolescencia, cuando la muerte era lejana y abstracta, me dio más escalofríos la muerte obligatoria que la idea de convertirme en galleta. Desde la perspectiva actual, deduzco que ya entonces intuí que la primera premisa es mucho más plausible y racional que la segunda.
Ahora que el tema de la eutanasia se discute abiertamente, que el envejecimiento de la población empieza a ser algo más que una estadística, ahora que podemos vivir tantos años aunque sea con una salud quebradiza, ahora pues. la despedida de Sol no parece tan ciencia ¨ficción¨como hace cuarenta años.
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