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sábado, 9 de enero de 2010

Olvido


¿Y yo qué?. Foto: Agustí Codina Miró

Durante las vacaciones navideñas he tenido ocasión de ver a mi familia en Barcelona. He visto a mi madre que, a causa de un progresivo Alzheimer está en una residencia donde la asisten las veinticuatro horas del día. Las visitas a una residencia de este tipo son una experiencia, existencial y filosófica. La vida no se ve igual después de ver la vejez y el final de la vida tan de cerca.

Los residentes oscilan entre los setenta y los noventa años. En los diez días que he estado allí ha muerto una residente (93). La señora Paquita iba al centro de día. Cada día, a partir de las cuatro ya quería irse a su casa. No era tarea facil convencerla de que tenía que esperarse a que la familia viniera a buscarla a las siete. A veces tenían que frenarla entre dos cuidadoras y alguna residente solidaria que, a pesar del peso de los años y el bastón, también ayudaba a obstaculizarle el paso al ascensor. El domingo por la noche vinieron a buscarla definitivamente: murió mientras dormía.

Qué diferencia el trabajo de las cuidadoras, las enfermeras, asistentes sociales, psicólogos, terapeutas, recepcionistas y todo tipo de personal que trabaja en una residencia de ancianos con el trabajo en educación. En los colegios, guarderías e institutos se trabaja para el futuro, aquí se trabaja para los que no tienen futuro. En el mes de diciembre han habido cuatro fallecimientos, todos ellos en la zona de los noventa años.

Afortunadamente el personal está familiarizado con la situación física y mental en la que se encuentran la mayoría de los ancianos. Son los familiares los que tienen que aprender a vivir con la enfermedad de los padres. La disminución física es más facil de aceptar que la mental.
La resistencia de los familiares a la pérdida de memoria es titánica. Una tarde vi a la hija de una apacible anciana enseñándole un álbum de fotos a su madre:
- Mira, es el balcón de la calle Valencia, ¿no te acuerdas?
- No
- Sí, mujer, que lo adornabas con flores para el Corpus
- ¿Yo?, no, qué va.
La hija buscaba desesperadamente entre las fotos momentos que pudieran despertar una chispa de recuerdo en su madre, pero ésta, indiferente ni se molestaba en mirar las fotos. Su reino no era de este mundo.

Pero los que lo llevan peor el olvido de las madres son los hijos, es decir los hombres, para entendernos.
El domingo llegó una pareja que ya debería tocar los sesenta años, venían a visitar a la madre de él, una señora que se había encogido de forma inverosímil hasta llegar a hacer la mitad de bulto que su hijo.

El hijo le dice a la madre gritando (¿por qué en las residencias todo el mundo grita?):
- Mira, he venido con Montse
- ¿Quién es esa?-
- Mi mujer, ¿es que no te acuerdas? - dice el hijo sintiéndose ya incómodo pero comprensivo ante la pérdida de memoria de su madre.
La nuera pone cara de ¨ ¿lo ves como nunca me ha podido ver?¨, pero no dice nada.

Pero lo terrible ocurre cuando la mujer asombrosamente encogida le dice al hijo:
- ¿Y tú quien eres?-
- ¡Pero si soy tu hijo!-
que traducido quiere decir, pero si soy EL REY DE LA CASA, el nen, tu favorito, lo más importante en la vida. ¿Cómo puedes olvidarte de MI? . Es decir: ¨¿Y yo qué?¨

Y este es el efecto del Alzheimer. Para los hijos es insoportable saber que tu imagen no este en el cerebro de tu madre. Que cuando muera no vas a estar dentro de ella. Esto es inaudito. Es como dejar de existir. Es un sentimiento antinatural que colisiona frontalmente con el egocentrismo instintivo de los hijos. Yo como hija soy lo más importante para mi madre. Lo contrario es inaceptable.

- ¿Y yo qué?- , me pregunto, pero no creo que lo llegue a entender nunca.

3 comentarios:

PUTXI dijo...

Ha de ser molt dur! Estic segura que en el fons del cor de ta mare hi som tots i més especialment el teu pare y tots els seus fills. Ta mare era i és una dona admirable i ens estimava molt a tots. Un petó molt fort i molta força, estic segura que a ella no li agradaria veure’ns trists.

Eugenia dijo...

Tens tota la raó del mòn.

Una abraçada ben forta.

Eugènia

Jordi Romeu dijo...

Un petó!