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sábado, 27 de abril de 2013

Un jardín abandonado por los pájaros



Mi jardín abandonado por los pájaros: con mi madre y mis hermanos en 1968, en la calle Balmes frente a la calle  Pelayo donde se encontraban los mágicos helados calientes (hay que leer el libro para entender esta referencia).

Acabo de cerrar el libro de Marcos Ordóñez Un jardín abandonado por los pájaros.Suspiro. Nudo en la garganta. Sonrisa. Pienso en mi familia. Pienso en mí de pequeña.Que Marcos Ordóñez es un buen escritor ya es algo sabido. Estamos ante un escritor con muchos kilómetros de rodaje en artículos, críticas, biografías y novelas. Ordóñez lleva ya años demostrando que todo lo que toca, si él quiere y si se tercia, se convierte en literatura. Su experta mano ha conseguido que este libro de memorias sea más que un dietario. Con habilidad y oficio el narrador zigzaguea entre la cronología y los múltiples personajes, todos reales, que prácticamente, resucitan en el libro. El lector no se pierde en ningún momento porque el autor le lleva de la mano a lo largo de toda la historia. Una técnica que a mí me recuerda la narrativa de las múltiples storylines, en plan juego de ajedrez, de las espléndidas series de HBO como Juego de Tronos o Mad Men. Este libro me ha gustado mucho. Lo recomiendo a los nacidos a finales de los cincuenta como yo, y a los nacidos en las décadas siguientes. A los de mi edad les va a recordar como éramos y a los más jóvenes les va a enseñar de donde vienen. Los de mi generación recuperarán su infancia a todo color y olor. Ordóñez le da el soplo de la vida a sus recuerdos de forma que se materializan ante el lector. Leyendo el libro tuve repetidamente la sensación de - Ay, sí es verdad, que el Cine Atlántico tenía un bar-, que los domingos comprábamos tebeos en el Mercat de Sant Antoni, - verdaderos flash-backs que recuperaban estampas enterradas en mi memoria.Al fin y al cabo la literatura no es más que contar bien historias que les interesen a los demás porque se sienten identificados, algo que  consigue Ordóñez ampliamente. Ordóñez cuenta sus recuerdos con todo lujo de detalle, se nota que tiene buena memoria y que se ha documentado exhaustivamente. Pero es sobre todo el impacto emocional lo que hace sus recuerdos personales y universales a la vez. Y por eso nos interesan. La recreación de sus recuerdos es, en realidad, la recreación de los nuestros.

Pero si fuera solo esto lo que ofrece el libro, se hubiera quedado en un álbum de fotos, con instantáneas que se mueven, como los trucos mágicos de Harry Potter. Pero el libro va más allá de la recreación del impacto que produce la primera Coca-Cola: al leer el Jardín abandonado por los pájaros, recordé lo que significa tener abuelos, conocerlos, hablar con ellos, jugar con ellos, aprender con ellos que hubo un momento en el mundo en el que tú no estabas pero que, increíblemente, el mundo existía. Marcos Ordóñez nos recuerda que somos un eslabón de distintas familias que se unen en ti. Cómo todos estos afluentes han desembocado en esta manifestación personal e individual de la vida que es cada uno de nosotros. Y como las habitaciones cerradas de nuestra memoria siguen dirigiendo nuestra vida aunque no lo sepamos.

En este sentido este libro me ha recordado el libro de Julian Barnes The sense of an ending, en el que el protagonista siente que ha llegado a la vejez en el momento que se da cuenta que ya no va a cambiar. En este caso no se trata del paso a la vejez sino del paso a la madurez. Ordóñez revisa durante la escritura de estas memorias las opiniones que se había formado cuando era más joven sobre su padre. Revisa también su comportamiento como adolescente y joven hacia familiares, personas punteras en su vida, como su abuela. Llega a la conclusión de que no le gusta como se comportó pero que ya llega la hora de aceptar la vida tal como es. Y creo que esto es lo que hace que cerremos el libro con una sonrisa serena. Porque todos comprendemos que solo podemos dar las gracias por lo que nos han dado, aceptar que esto es lo que hay y seguir el tiempo que nos sea concedido.

Finalmente, el libro también me ha gustado porque hay referencias a hechos históricos que encuadran las complejas relaciones familiares rememoradas, referencias a personajes de la vida cultural española y catalana del siglo XX, y, lo más divertido, chafarderías como la opinión de Raquel Meller sobre Sara Montiel, la cual la "interpretó" en El último cuplé.

El abuelo de Ordóñez, Joan Diví, fue violinista-músico against all odds, ya que su destino era trabajar en el campo o ser carpintero. Sin embargo vivió de tocar el violín toda su vida laboral gracias a su incondicional amor por el oficio de hacer música. Solo conoce esta persona tan especial vale la pena leer el libro. Aquí una escena de El último cuplé en la que se ve a Joan Diví tocando el violín.

1 comentario:

Anna Soler dijo...

Acabo de empezarlo!
Abrazos
Anna