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miércoles, 14 de enero de 2009

Filosofía intermitente


Recuerdos, Agustí Codina 2008

Esta tarde he estado visitando de nuevo a mi madre en la residencia dónde está desde que se hizo imposible seguirla cuidando en casa a causa del Alzheimer que padece.

Los familiares entran y salen continuamente. Algunos vienen a las horas de las comidas, otros por la mañana, otros por la tarde. A base de visitar a mi madre, ya conozco a los otros residentes y a sus familiares.

Este mediodía estábamos sentados en una mesa un grupo de tres visitantes y cuatro residentes, estos últimos en diferentes estadios de ausencia, olvido y confusión. A pesar de que una señora está completamente sorda, la otra no se olvidaba continuamente de lo que acaba de decir, y la tercera está mirando fijamente al horizonte la conversación durante la comida ha sido animada y el ambiente distendido.
De alguna forma, esta situación crea el mismo tipo de vínculo que se crea entre los padres que llevan los niños al mismo colegio o guardería. Se forma una comunidad que comparte algo en común, en este caso la enfermedad y la vejez de los mayores.

Las conversaciones con las otras residentes como Carme o Teresa, son asombrosas. Para empezar no hablan de nada superficial, todo lo que dicen es básico: tengo hambre, tengo sed, me quiero ir, o, en algunos casos, me quiero morir. No se andan con chiquitas.
Hoy Carme (con noventa años y en una silla de ruedas) me ha contado, con toda claridad y lujo de detalle, que había formado parte del grupo de teatro de su pueblo y que a ella le hubiera gustado ser maestra.
Al cabo de unos segundos me ha preguntado: ¿qué estoy haciendo aquí?.

A renglón seguido me ha dicho de forma totalmente coherente que ella no tenía casa y que ya no era nadie porque no se podía valer. Toni, que cuidaba a su madre tiernamente a través de su perdida mirada, le ha dicho que los presentes también la querían y que por lo tanto era alguien para nosotros.
Carme le ha contestado: - Ya entiendo lo que quieres decir, que no todo es tener posesiones, que el amor es lo más importante.

Y después de estas filosóficas palabras, me ha vuelto a preguntar: - ¿Qué estoy haciendo aquí?

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